
Cuando la política rompe el tejido social, gobernar se vuelve administrar el desgaste
SOCIEDAD10 de enero de 2026
Redacción Diario El Enfoque
El político que entienda de raíz lo que está ocurriendo no necesitará vallas ni discursos duros: tendrá autoridad suficiente para gobernar sin romper la sociedad. Lo demás es, y será, mera administración del desgaste.
Antes que en la calle, el conflicto estalló en las redes. Insultos, burlas, deshumanización, acusaciones cruzadas y una violencia verbal que dejó de sorprender, pero no por eso deja de alarmar.
La publicación sobre una mujer encadenada frente a la Municipalidad de Concordia no solo generó repercusión, sino que expuso una fractura social profunda, una sociedad partida entre el desprecio y la empatía, entre el “que se arregle” y el “no se abandona a nadie”.
Ese clima no surge de manera espontánea. Es el resultado de años de política que, sin importar el partido, fue dinamitando los vínculos sociales, degradando el debate público y reduciendo los conflictos humanos a consignas ideológicas. Cuando la política deja de explicar y solo administra, la sociedad responde con bronca.
El hecho en sí fue concreto y breve, aunque no menor: una madre decidió encadenarse frente al edificio municipal para reclamar por el despido de su hija, trabajadora contratada en un área social. Lluvia, frío y silencio oficial. Pero el impacto real fue más allá del reclamo puntual y se expresó en lo que vino después: una catarata de comentarios y reacciones en redes que mostraron hasta qué punto un conflicto laboral puede transformarse en una guerra cultural.
Allí aparece el dato político más relevante. Cuando una gestión necesita blindar edificios, cercar manzanas y dejar que el debate público se desplace hacia la agresión social, el problema deja de ser administrativo. Es político. Y es más profundo, pues se resquebraja la idea misma de comunidad.
Gobernar no es solo recortar, ordenar o “poner límites”. Gobernar es comprender el contexto emocional y social en el que se toman decisiones. La autoridad real no se impone con vallados ni con discursos duros; se construye con legitimidad, presencia y capacidad de explicación. Cuando eso falta, el poder se sostiene apenas con fuerza y desgaste.
La escena de una mujer encadenada puede resolverse (o no) con una respuesta puntual. La fractura social que quedó expuesta en las redes no. Esa es la verdadera alarma. Porque una sociedad que naturaliza la humillación del otro es una sociedad que ya fue empujada al límite.
Para quien gobierna hoy y para quien aspire a gobernar mañana, el mensaje es el mismo: entender de raíz lo que está ocurriendo no es un gesto de debilidad, es una condición de liderazgo. Sin esa comprensión, no hay conducción posible. Solo queda administrar el desgaste mientras el tejido social se sigue rompiendo.


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